Hay prácticas que funcionan, producen ingresos y sostienen valuaciones. Son perfectamente compatibles con la ley en casi todas las jurisdicciones (al menos por ahora). Quien las elige tiene argumentos económicos razonables para hacerlo.
Optimizar la conversión hasta el último decimal. Hacer la salida más difícil que la entrada. Preseleccionar lo que le conviene al negocio. Convertir la atención del usuario en materia prima. Tratar la fricción como enemiga, aunque lo estuviera protegiendo. Cosechar identidad, conducta y tiempo en dosis que el usuario nunca llegó a aceptar del todo. Son prácticas que buscan favorecer sólo al negocio, no son sostenibles en el tiempo y producen daños reales y tangibles en los usuarios.
Servir al usuario. Mido lo que hago por lo que el usuario obtiene, no por lo que el producto le extrae. La métrica que defiendo es la calidad del uso, no su cantidad. El resultado para el usuario, no el resultado para el funnel.
Responder por lo que entrego. Mis decisiones —como quien diseña, construye, financia, lidera, regula, enseña, escribe o compra productos digitales— son decisiones profesionales. Lo que firmo acá lo sostengo aún cuando el corto plazo pide hacer lo contrario.
Defender la fricción que protege al usuario. No toda fricción es enemiga. La que existe para que el usuario piense, confirme, entienda o consienta es la columna vertebral de un producto serio. La fricción que protege es feature, no bug.
Diseñar con final. Como el cine, la biblioteca o el restaurante, las interacciones deben terminar en algún momento. El scroll infinito y el autoplay, cuando aparecen, son excepciones que se justifican caso por caso. Nunca defaults, nunca para tomar rehenes. Un producto que respeta al usuario le devuelve la señal de saciedad que el medio le sacó.
Dejar salir tan fácil como se puede entrar. Cancelar, pausar, irse, borrar la cuenta: mismo esfuerzo, mismo peso visual, misma velocidad que entrar, suscribirse, abrir, crear cuenta. El test es simple: si la salida es más difícil que la entrada, no confiamos en el valor que entrega nuestro producto.
Devolverle al usuario el control de lo que es suyo. Su identidad. Su atención. Su tiempo. Sus decisiones. Nada de eso es activo del producto. Es lo que el usuario presta para que el producto funcione, y lo que recupera cuando lo decide. Honrar ese préstamo es la condición de poder operar.
No usar la información como un arma. Sé sobre el usuario más de lo que el usuario sabe sobre el producto. Esa asimetría es estructural y no se resuelve con voluntad. Por eso el saber es mío solo para devolverle —traducido en comportamientos que lo cuiden y en información que le sirva para decidir.
Alinear las técnicas con el interés declarado del usuario. La recompensa variable, la personalización, los disparadores contextuales, la urgencia, la escasez son herramientas. Su ética depende de la dirección en la que se usan. Las uso para acercar al usuario a lo que decidió querer. Nunca para alejarlo. El filtro es uno solo: ¿el usuario, informado y descansado, elegiría esto? Si no, queda fuera de mi estándar profesional.
Reportar lo que importa, no lo que conviene. Las métricas que celebro son las que prueban que el producto cumplió su promesa, no las que prueban que el producto retuvo al usuario. Si una métrica sube mientras el usuario empeora, la métrica está mal elegida.
Reconocer la tensión y no esconderme detrás de ella. Vivimos tiempos en donde hay un paradigma que no podemos sostener mucho más tiempo y sobre el cual la industria completa está basada. Debemos contribuir a resolver eso, no a negarlo.
No operar como si esto fuera solo individual. Este compromiso existe dentro de un sistema que premia lo contrario. Sostenerlo en soledad es ingenuo, heroico e insostenible. Mi trabajo incluye empujar para que las condiciones de la industria —métricas, incentivos, estándares, integraciones, alianzas— hagan que este manifiesto sea menos excepcional y más obvio.